Mensaje de UNICEF a la Fundación La Ventana de los Cielos

Imagínate las ventanas de los edificios de tu ciudad. Imagínate que cada ventana representa a un niño, a una niña. Imagínate que una de cada diez de ellas esté tapada con un velo para que no se la vea…

Se estima que alrededor de una de cada diez personas en el mundo, y lo mismo podemos decir de niños y niñas, vive con una capacidad – física o mental – que es distinta a la nuestra. Este mundo, con pocas excepciones, vive tapando esas ventanas con indiferencia, con falta de afecto, escondiéndoles, creándoles barreras, hablándoles un lenguaje que ellos nunca aprendieron, y nosotros no quisimos aprender el lenguaje de ellos.

Cuando tapamos una ventana así, también impedimos que un niño, una niña pueda ver, pueda sentir, pueda desarrollarse, comunicarse. Es posible amar profundamente a una niña con capacidad diferente, mientras al mismo tiempo cubrimos su ventana. Es posible desvelarse por un niño que no puede caminar, y al mismo tiempo no darle oportunidades de desarrollarse como individuo, y así le tapamos para siempre su ventana de posibilidades.

En la historia de la humanidad siempre hemos tapado la mayoría de las ventanas de quienes tienen capacidades que se diferencian de aquellas que consideramos “las normales”. En realidad, si aquellos que tienen capacidades diferentes a las nuestras gobernaran el mundo, tendríamos mucho menos guerras, crímenes, homicidios, violencia. En cambio, somos los “normales” los que usamos las ventanas tapadas para cometer todo tipo de atrocidades y violencia contra ellos. Una niña con capacidades diferenciadas, con alguna limitación física, está mucho más expuesta a abuso sexual, por ejemplo, que cualquier otra niña, y los que abusan de ella en su mayoría son hombres que consideramos “normales”. Nos lleva a la reflexión que tenemos una urgente necesidad de redefinir lo que es “normal”.

En nuestro lenguaje también contribuimos a reforzar esa cortina que tapa. Palabras como minusválido era común cuando yo era niño. ¿Vale menos? ¿Menos que quién? Pero había muchas peores palabras que se usaban con toda naturalidad: tonto, loco, o tontito y loquito si se quería ser un paternalista bueno, y de los sitios en que los recluíamos, loquero y tantos otros nombres.

Sin embargo, aunque las actitudes de cada uno de nosotros esté cambiando, los siglos de discriminación, de tratarlos diferente, de cubrir y tapar esas ventanas, sigue con su lastre.

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